Relato - El Ojo

 “El Ojo” fue la denominación más ajustada que la prensa internacional supo darle. En Internet, iban más lejos: “El Ojo Cósmico”, “El Ojo de Cthulhu” o “El Ojo de la Bestia” se podía leer en foros varios y publicaciones de distinta índole. Los grupos más religiosos optaron por un enfoque más apocalíptico: “Él Ángel del Apocalipsis”, “El Primer Jinete” o “El Dios de la Destrucción”, con su nombre mitológico dependiendo de cada tradición.

Lo cierto era que no resultaba fácil describirlo. Parecía, sin duda, un ojo. Pero no había pupilas, ni pestañas, ni iris... No. La semejanza provenía de su forma. Una masa de luz, rodeada de una aurora fina y casi residual que la bordeaba. Al principio solo era otro punto de luz más en el cielo nocturno, como una estrella más. Con el paso de los años, su presencia en el cielo nocturno se fue haciendo más intensa, más amplia, con un fulgor inquietante que no disipaba las sombras nocturnas, pero que eclipsaba la Luna y la hacía desaparecer. Para entonces, los observatorios de alrededor del mundo ya apuntaban hacia aquella cosa como polillas atraídas hacia la luz. Los astrónomos miraban, teorizaban, calculaban... Vieron un objeto tan masivo que apenas había palabras para describirlo. Lo más sencillo que se podía decir de sus dimensiones era que todo el Sistema Solar cabía en su interior... varias veces. Un tamaño tan absolutamente inconcebible que helaba el corazón. Y, aunque a simple vista parecía cercano, lo cierto era que unos cuantos años luz lo separaban de la Tierra.

Desde entonces han pasado varios años y nadie sabe lo que va a suceder. Se acerca hacia nosotros a una velocidad inusitada, pero nadie se atreve a predecir lo que sucederá. Los más agoreros piensan que nos engullirá por completo, desde Plutón hasta el Sol, como caramelos. Es la teoría más propagada. Nos hará desaparecer como si la humanidad nunca hubiera existido en el vasto e ignoto universo. La única certidumbre es la incertidumbre. Desde entonces han sucedido varias cosas: algunas guerras terminaron, otras surgieron... Millones de personas se lanzaron a los templos de diversos dogmas, a pedir a sus dioses que los llevara a un lugar mejor o, por el contrario, que no les condenara tan pronto y los perdonase. Otros tantos se lanzaron al hedonismo, dejando sus trabajos para disfrutar de lo aparentemente poco que quedaba de mundo y de vida. El turismo aumentó hasta cotas inconcebibles, y lo mismo lo hizo la población. Un estallido demográfico que se conoció como “la generación desdichada” y que se equilibró, en parte, por tasas de suicidios y un incremento de crímenes sangrientos que se extendieron como una plaga.

Nadie sabe lo que sucederá... De momento, ahí sigue “El Ojo”. Noche tras noche, observándonos. Contemplando el fin de la era humana. Acelerándolo, consideran algunos, si acaso ya estábamos en el camino hacia nuestra propia extinción. Cada vez es más grande. Lo único cierto es que nos ha hecho comprender nuestra propia futilidad y pequeñez. Que, por mucho que creamos ser, no somos nada.

Y que, muy pronto, podríamos dejar de serlo para siempre

 

MENCIÓN DE HONOR 11º CONCURSO INTERNACIONAL TRILINGÜE "JUAN PEDRO LÓPEZ", ORGANIZADO POR LA COMUNIDAD ARTÍSTICA ESQUINA CULTURAL DE LA PAZ (URUGUAY)

Atascado

 

Me siento atascado,

enquistado,

en un mundo extraño,

en un mundo desconocido

y sin manual de instrucciones.

Una roca me tapa la salida

de este túnel,

de esta cueva,

de este cuello de botella

que me impide ver la luz.

¿Quién puso esa roca ahí?

¿Fue otra persona? ¿O fui yo?

Mis miedos me acompañan,

mis fracasos y mis desventuras,

me arrastran a la oscuridad,

al interior

y no sé salir.

O no me atrevo a salir.

No quiero ser Sísifo

y empujar en vano.

O tal vez no necesite empujar.

Tal vez ya sea Sísifo

o peor, Tántalo

o peor, yo mismo.

Tal vez la cueva sea irreal,

la roca, la jaula, la cerradura...

Yo sea mi propio carcelero,

el verdugo de mis sueños y esperanzas,

y la oscuridad sea la tierra

en que la cabeza he enterrado.

Y lo peor de todo:

no sé salir.

Porque estoy atascado.

Incendio violento

¿Cómo se genera un incendio?

Solo se precisan dos elementos:

primero, una chispa

que alguien o algo tuvo que prender.

Segundo, material seco,

condiciones combustibles para que la llama sobreviva.

A partir de ahí, depende de lo que haya:

combustible que aviente su fuego

y viento que alimente su marcha.

Otórgale suficiente fuerza

y la llama se volverá violenta,

un incendio que por sí solo avanza.

Sin nadie que lo controle

supera muros, ríos y cortafuegos.

Todo a su paso devora:

pastos, arbustos, bosques,

animales, viviendas y hasta personas.

Sin piedad, con todo lo que se cruce

hasta que no quede nada por consumir.

Detrás solo queda un terreno yermo

un mundo de negrura, muerte y ceniza.

Fertilidad consumida en segundos.

Difícil de obtener. Más aún de recuperar.

 

El odio es ese fuego,

esa catástrofe virulenta que alguien osó prender.

Si pretendes avivarlo, atente a las consecuencias.

Corres el riesgo de quemarte con él.