Sulna, Diosa de la Vida, estaba desolada por la falta de movimiento de su hermano Thana. ¿Qué le había hecho Akura? No se movía no abría los ojos... Lo llamó por su nombre en numerosas ocasiones, lo gritó tan alto que todo Darok oyó su llanto. Algo iba mal, todos los dioses lo sabían, pero ninguno tenía certeza sobre el qué o cómo solucionarlo. Y Akura había desaparecido, como si la misma tierra se la hubiera tragado. La búsqueda fue totalmente infructuosa, se había desvanecido entre las sombras. Pero la marca de su infame reinado seguía allí, el inmenso trono que mandó construir a los pies del Monte Ena. Arrancaron el asiento de cuajo de la misma tierra en que se hallaba enraizado y lo arrojaron al mar, para no volver a verlo, para que se perdiera igual que hizo su dueña.
Sulna veló el cuerpo inerte de su hermano durante varias semanas, inmóvil y con las lágrimas congeladas en su rostro. La cabeza reposaba en sus rodillas y la hierba y las flores crecían a sus pies como un tributo. Nada la reconfortaba, ni siquiera la visión de la bella vida que ella y su Semilla creasen. Los animales se acercaban, intrigados por la presencia de una diosa estática como una montaña, pero sus cálidos y reconfortantes alientos le rozaban sin que suscitaran la más mínima reacción. Sulna no levantó cabeza. No hasta que oyó las campanillas.
Era una música extraña. Resonaba en sus oídos como lo que quiera que produjera esa música lo hiciera solo para ella. Se percibía distante, pero al mismo tiempo tan clara como su misma voz. Carecía de palabras, pero sentía que le llamaba, una intuición le decía que debía seguirlo. Dudó, pues no quería dejar solo a su hermano Thana, pero al final, reticente, se levantó y siguió el incorpóreo rastro del sonido. Ello la condujo a través de una cueva, en un rincón alejado de su mundo, que la condujo a un plano de existencia alternativo al que no supo cómo llegó.
Darok quedaba atrás y ese nuevo mundo, si acaso podía recibir tal apelativo, era oscuro y lleno de misterio. La entrada quedaba bordeada por un río ancho y de corriente lastimera y, en la otra orilla, se alzaba un árbol de ramas desnudas del que pendían centenares, miles de pequeñas campanillas. Aquellos instrumentos se mecían movidos por una brisa etérea y producían la cautivadora música que la trajo hasta allí. ¿Debía sentir miedo de aquel lugar de aspecto baldío donde no se respiraba el confortador latido de la vida? Pero si había llegado hasta allí debía ser por alguna razón. El pavor la atenazaba, a pesar de la ignota certeza de que nada malo le iba a pasar.
Cruzó el río y se adentró en una llanura oscura y fría. La sensación de vacío era abrumadora. No había animales, ni plantas... Nada. Poco después llegó ante un inmenso palacio que se alzaba impertérrito y regio en ese páramo. Sus puertas estaban abiertas y una serie de pebeteros le indicaban el camino, a pesar de su escasa luz. Así, Sulna llegó a una gran sala del trono donde, para gran regocijo, encontró a su hermano Thana sentado. Sulna echó a correr para abrazarlo, pero en el último momento se detuvo. Algo no iba bien. Estaba muy cambiado. No era el mismo Thana cuyo cuerpo dejara atrás, a los pies del monte Ena, donde osó enfrentarse al despotismo de Akura....
-Thana-preguntó-, ¿eres tú?
-El mismo, hermana mía-respondió este con voz lúgubre.
-¿Qué te ha pasado?
-He conocido lo que hay más allá de la vida. Me he convertido en aquello que espera a todos los seres vivos al otro lado de la frontera final.
-No comprendo... ¿A qué te refieres?
Thana sonrió por su inocencia, una sonrisa débil y enfermiza, y se levantó de su asiento. Su cuerpo se veía pálido, casi transparente en comparación con la luminosidad de la Diosa de la Vida. Se acercó a su hermana, la tomó de la mano, y le susurró:
-La vida que tú creas es bella, hermana mía, pero también frágil y fugaz... Y eso es lo que le da más valor de todo. Nosotros no lo sabíamos, pues nuestra raza parece eterna, pero ahora lo sé todo...
Thana le habló sobre la muerte. Una palabra que sonaba macabra y que hizo que la Diosa de la Vida se estremeciera
-A todos les llega el momento de terminar su historia en algún momento-dijo-. Y, cuando lo hacen, sus almas se pierden, sin rumbo, sin saber qué hacer... Pero yo, que soy el primer ser en experimentar esa misma sensación, me he convertido en el Dios de la Muerte. Y los guiaré y los recogeré para que ninguna de tus creaciones se extravíe, para que no sufran...
-¿Pero volverás a Darok conmigo?-preguntó ella, los ojos anegados en lágrimas.
-Me temo que no es posible... Este es mi hogar ahora...
Sulna se negó a creerlo. Quería a su hermano de vuelta.
-¡Haré lo que haga falta! ¡Traeré la Semilla! ¡Si vida es lo que necesitas, te la devolveré!
-Me temo que ni siquiera tú eres tan poderosa... Pero no te preocupes por mí. Algún día nos reuniremos en este mismo lugar, aunque pasen tantos eones que parezca que nunca sucederá. Y, mientras tanto, velaré por tus criaturas.
En su fuero interno, Sulna sabía que era imposible, pero se negaba a creerlo. No quería dejarlo atrás y temblaba al borde del llanto.
-Llora por mí todo lo que necesites, hermana. Pero ten en cuenta una cosa: este no es mi final, ni mucho menos el tuyo. Solo el principio de mi nueva historia.
La diosa se recompuso con el tiempo. Todavía impotente, pero comprensiva.
-¿Podré volver a visitarte?
-Siempre serás bienvenida en mi reino.
Ella asintió. Era todo lo que necesitaba.
Cuando Sulna volvió a Darok, le contó al resto de dioses lo que sabía, lo que era la muerte. Ellos también se negaban a creer en ello, pero luego entendieron. Después cumplieron la última voluntad de Thana que había encomendado: quería que su cuerpo yaciera bajo tierra para que no perturbara la existencia de los vivos. Inhumaron su cuerpo a los pies del monte Ena, en el mismo lugar donde antes se levantara el maldito trono de Akura.
Poco después, su lugar de enterramiento se convirtió en un bello campo de flores malva.
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