Al final, llegó el momento más indeseado y le llegó el turno a Kyno. El padre de Shiro permaneció con la vista al frente, dura e incluso desafiante. Parecía retar al capitán a que lo eligiera a él. Shiro observaba todo desde atrás, en una especie de segundo plano, sabiendo que ella no resultaría elegida. Zhaira también observaba, abrazándose a su hijo Mirno como si temiera que el viento se lo pudiera llevar con un fuerte golpe de aire.
-¿Tienes hijos varones?-inquirió el militar.
-Llevadme a mí-respondió Kyno, sin inmutarse.
-¡Responde a mi pregunta! ¿Tienes hijos varones?
Kyno negó con la cabeza. Sin embargo, algo hizo sospechar al hombre enfundado en metal y escrutó a la multitud que observaba impotente. Pasó la vista junto a Shiro y allí se detuvo.
-¿Esa es tu familia?-preguntó el militar una vez más, señalando a la familia de Kyno con tono autoritario.
-Por favor, llevadme a mí-replicó este-. No puedo quedarme sin mi único hijo varón. Como podéis ver, mi descendencia es escasa. No puedo permitirme perder más hijos.
-Admiro tu valentía-respondió el capitán, con tono altanero y divertido-. Sin embargo, eres demasiado mayor. Pronto alcanzarás la vejez y serías un estorbo entre las filas.
-Por favor, todavía soy joven. Mi hijo ha de vivir muchos años más, tened piedad…
-¡Cállate, viejo! Nos llevaremos a tu hijo, te guste o no. Combatirá con bravura en el campo de batalla y morirá por todos vosotros.
-¡No, por favor, no!
El hombre apartó a Kyno de un fuerte empujón con el brazo y lo derribó. Después envió a tres soldados a que se abalanzaron sobre madre e hijo, uno sujetándola a ella mientras los otros dos pugnaban por liberar y llevarse al que había de unirse a ellos. La gente se apartó, temerosa de la fuerza militar, y Zhaira y Mirno se quedaron solos. La resistencia maternal fue un rival duro, pero no pudo hacer frente a tres hombres bien entrenados y a su frío tacto de metal. Zhaira acabó sucumbiendo. Una vez liberado Mirno, los soldados se lo llevaron y lo acomodaron con el resto de cadetes forzosos. Zhaira se desmoronó, llorando como jamás antes lo había hecho, mientras su hija la abrazaba, en un intento de consuelo que poco podía hacer por reparar su corazón recién destrozado. La selección continuó sin demora y, tal como vinieron, los militares se fueron, dejando familias enteras rotas que solo pudieron echar un último vistazo y dedicar una silenciosa despedida a sus hijos, hermanos, maridos y padres que marchaban a combatir a un frente incierto, con pocas esperanzas de volver a verlos de nuevo.
Ciudad de Blanco y Negro
Capítulo 5
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