Las calles de la ciudad se encontraban muy silenciosas en medio de la noche agonizante. Tan solo el paso de algún coche perezoso perturbaba su quietud, que poseía cierta belleza misteriosa. Tan solo desearía no ser testigo de ello… Me hallaba tanto o más aletargado que los muchos edificios que franqueaban la calle y que todavía estaban por desvelarse. El despertador había quebrado mi sueño tras una velada terrible en la que me resultó harto difícil cerrar los ojos. Un mal día para salir de una cama que no tenía ánimos para abandonar mientras el deber me impelía.
Mi único camarada en esa fría acera era mi sombra, que se deslizaba en una parábola eterna que se repetía cada vez que pasaba por debajo de alguna de las muchas farolas. Un compañero extraño, etéreo y plano, pero cuya compañía agradecía. Marchaba perdido en mis pensamientos cuando por el rabillo del ojo capté una nueva silueta que se aproximaba por mi espalda. Un trasnochador más, un compañero de armas desconocido que se veía arrastrado antes de tiempo a la jungla de asfalto por la misma razón. Por inercia, por una curiosidad sin objeto alguno, me giré a observarlo. Pero allí no había nadie. Un traidor juego producido por mi imaginación, pensé. Retazos de un sueño inacabado que todavía se manifestaba en mi subconsciente. Necesitaba un buen café y pronto, o de lo contrario caería sobre las losas antes siquiera de llegar a mi destino.
Proseguí mi trayecto. Y, entonces, a unas farolas de distancia, la vi de nuevo. Un giro brusco y nuevamente nadie. ¿Acaso estaba perdiendo la razón? ¿Me estaba volviendo loco? Siempre he sido una persona muy cuerda. No podía ser que la simple falta de sueño me estuviera perturbando. Necesitaba pasar muchas más horas en vela para ello. Y, sin embargo, apareció una tercera vez. Y seguía solo. Ni un solo transeúnte de esquina a esquina. Algo malo sucedía. Un escalofrío me recorrió la espalda. Tomé un ritmo más lento. Quería probar una vaga teoría. Otra vez ahí, junto a mi pie. ¡Nadie detrás de mí! Un sentimiento de terror me invadió mientras observaba mi camino de ida, vacío, estéril, quieto…
Sentí como si algo me siguiera. Como si mi vida estuviera en peligro. Salí corriendo despavorido en dirección a mi destino, todo lo rápido que mis embotadas piernas me lo permitieran. Tenía que llegar cuanto antes. No podía permitir que, lo que quiera que fuera, me diera alcance. Veinte, cincuenta, cien metros… Y otra vez, a mis pies. Casi estaba encima de mí. No me lo podía quitar de encima. No…
El pitido de un autobús me devolvió a la realidad. Por un instinto reflejo de supervivencia pegué un salto hacia atrás y caí de bruces. Había llegado a una calle mucho más céntrica, más concurrida y llena de gente. Los coches allí eran más numerosos y, de no ser por mi reacción, mi vida habría acabado en ese instante. Atropellado por varias toneladas de metal. Parecía que el corazón se me iba a salir por el pecho. La gente me observaba como si fuera un lunático, un inconsciente. Todo el mundo tenía prisa, pero también tenía más cuidado al cruzar la acera. La sombra, sin embargo, había desaparecido… No la volví a ver jamás.
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