Relato - Los amantes de Pompeya

 La erupción hizo que la tierra temblara. La ira de Vulcano se manifestó en lo alto del imponente Vesubio como una humareda que cubrió la ciudad de Pompeya y la inundó de oscuridad en pleno día. La gente corría despavorida por todas partes mientras un carruaje intentaba abandonar una morada patricia. La codicia impelía a sus dueños a sobrecargarlo de riquezas pero no daban abasto entre tantas pertenencias. Podrían contar con la ayuda de sus esclavos pero, cuando el fin del mundo se acercaba y las fauces del Hades amenazaban con tragarlos, la lealtad y la posesión cedieron ante el instinto de supervivencia. Todos habían huido, ignorando las amenazas de castigo, y habían de valerse por sí solos.

–¡Publio, ayúdame con esto!

El joven acudió a la llamada de su padre, que intentaba cargar con una gran ánfora sin mucho éxito. Mientras maniobraban y la arrastraban por el suelo, la mente del chico se hallaba en otra parte, fraguando una idea que podía no tener marcha atrás.

–¡Es inútil, padre!–dijo–. ¡Es muy grande! ¡Debemos dejarla aquí!

–¡Ni hablar!

El patriarca era terco, un don que le había servido en sus años de servicio público, pero que ahora amenazaba con obrar su infortunio mientras la oscuridad se cernía sobre ellos.

–¡Entonces idos ya!

Tras decir esas palabras hubo de enfrentarse a una mirada de desconcierto.

–¿Cómo has dicho?

Un nuevo temblor sacudió el suelo bajo sus pies. Ambos perdieron el equilibrio. El ánfora se desequilibró y se cayó. Una grieta se formó y su líquido contenido se filtró como la sangre desde una herida mortal.

–¿De qué estás hablando?–insistió–. ¿No vas a venir con nosotros?

Publio se mordió el labio, reconcomido por el tono severo y acusador de su padre. Era muy consciente de que, si ejecutaba el plan que había elaborado, sus padres no se lo perdonarían jamás, ni siquiera cuando se encontraran en las moradas del Tártaro. Y se veía envuelto en aquel dilema, deseando obrar su voluntad sin atreverse del todo a cometer tal desacato. Su padre leyó su vacilación y comprendió la causa de su tribulación.

–No será ese esclavo otra vez, ¿verdad?–inquirió.

–¡Jamás lo entenderías!

El patricio se llevó las manos a la cabeza.

–¡Por todos los dioses, Publio! ¡No es más que un sirviente! ¡Haz el favor de comportarte como corresponde a tu estatus!

–¿Y qué hay de lo que yo siento?

–¡Es un maldito esclavo! ¡Un objeto sin valor!

El grito iracundo mutó el rostro de Publio por completo. Eso era para él, pensó. Ahora se daba cuenta: prefería salvar a la familia de la deshonra que dejar que su propio hijo fuera feliz. Por eso lo había vendido la semana pasada, tan pronto como descubrió que su relación iba más allá de un sirviente y su amo. De que sus raíces habían arraigado en la tierra mucho más allá de un capricho pasajero.

Su madre apareció por el umbral que daba al interior de la vivienda, con una caja de madera entre las manos. El escándalo la había atraído.

–¿Qué está pasando aquí?–inquirió.

–Publio sigue encaprichado de ese chaval... Debí ejecutarlo cuando tuve ocasión.

–No te hubieras atrevido...–masculló su hijo entre dientes.

–Haría lo que fuera para que mi estirpe se enderece y mantenga su prestigio y el lugar que le corresponde en la sociedad. Y, sobre todo, para que no se convierta en la comidilla de toda la villa y el hazmerreír del Imperio.

–Publio, entiéndelo...–dijo su esposa con un tono más calmado.

No. Eran ellos los que no entendían. Ciro era amable, no porque debiera servir a sus amos, sino porque estaba escrito en su carácter. También era muy inteligente, a pesar de su origen más que humilde, y sabía más cosas de las que aparentaban. Y bello como el mismo Apolo...

Publio les dio la espalda y se marchó corriendo. Tras él escuchó su nombre, junto a varios imperativos para que volviera. Qué más daba lo que hiciera. Los dioses estaban a punto de purgar la ciudad de todos sus pecados. Si iba a morir, que fuera junto a Ciro. Se zambulló en las calles desordenadas, llenas de piedrecitas que, de alguna manera, llovieron del cielo y podían flotar en el agua. Una prueba fehaciente de que la naturaleza se había rebelado contra ellos. Cada vez había menos gente a medida que la condenada urbe se vaciaba de sus conciudadanos, desertores aterrados que huían para salvar el pellejo. Si los Olímpicos no arrasaban con Pompeya, el abandono seguro que lo haría.

Sabía dónde habían llevado a Ciro. Su padre se había asegurado de que estuviera lo más lejos posible para que no volviera a verlo. De haber sido capaz lo habría enviado al otro lado del Mare Nostrum pero sus contactos solo le permitieron llegar hasta un amigo suyo que accedió a librarle de esa carga a un precio moderado. Su vivienda se hallaba a varias manzanas de distancia, apenas una caminata que Publio no superó por miedo a las represalias. Ahora, sin embargo, no tenía ninguna razón para refrenarse...

Encontró la puerta abierta y cruzó el umbral como una exhalación. El interior estaba extrañamente vacío. Muchos de los muebles seguían en su sitio pero todos los objetos de valor habían desaparecido. Se apresuró por los corredores, rezando en su fuero interno por que no fuera demasiado tarde. Gritó el nombre de Ciro varias veces a medida que pasaba de una habitación a otra. Se lo entregó al eco para que lo transmitiera hasta quedarse sin voz. Se temía lo peor. Entonces oyó unos golpes al otro lado de una puerta cerrada que solo podía ser el almacén.

–¡Sacadnos de aquí!–oyó.

Allí había alguien. Varias personas, a juzgar por los desesperados golpes que daban.

–¡Ciro! ¿Estás ahí?

–¡Sí, está aquí! ¡Pero libéranos, por favor!

Su pecho se llenó de gozo y de angustia al mismo tiempo. Estaba allí, encerrado.... Intentó forzar el picaporte pero el mecanismo se negaba a ceder.

–¡Nos han encerrado con llave para que muramos aquí!–exclamó otra persona que no reconocía–. ¡Busca una manera de liberarnos!

Maldito bastardo, pensó... Conocía el sadismo del patricio que vivía allí pero no imaginaba que, en un momento tan crucial, todavía fuera capaz de semejante acto de ruindad. Buscó por todas las estancias en busca de la llave. Tal vez la hubiera dejado atrás o se hubiera caído. Incluso rebuscó entre los escombros de un extremo del patio, donde una pared se había venido abajo a causa de la catástrofe que se cernía sobre ellos. No encontró nada. Y el tiempo se agotaba. Desesperado, resolvió lanzarse contra la madera, en un intento por echarla abajo. Tres, cuatro, cinco veces... Solo logró hacerse daño en el hombro. La tensión le obstruía los pulmones y el calor sofocante le hacía sudar. ¿Por qué hacía tanto calor?

–¡Busca una palanca! ¡Destroza la cerradura!

Buena idea. Dio con un martillo en un taller en la parte posterior, eso serviría. Lo blandió con fuerza y agredió el picaporte con todas sus fuerzas. El metal resonó y se abolló, la madera crujió y su ánimo no cesó. Se sentía como Júpiter luchando contra los designios de su padre Saturno y su sádica práctica de devorar a cada uno de sus hijos tan pronto abandonaban el vientre de su madre. No dejaría que su voluntad se sobrepusiera. Derrotaría a todos los titanes si fuera necesario para liberar a Ciro de sus garras.

El mecanismo cedió eventualmente. La cabeza de hierro atravesó el obstáculo. Victoria. En cuanto se vieron libres, los esclavos se lanzaron hacia la libertad en un torrente incontenible, despavoridos por salvar la vida. Ciro fue el último. Estaba demacrado. Su túnica destrozada parecía más harapienta que antes y numerosas magulladuras marcaban su cuerpo. Era la venganza de su padre por atreverse a amarle.

–Oh, Ciro–masculló con tono languideciente–. ¿Qué te ha pasado?

El odio hacia su progenitor ardió en el pecho de Publio. Nunca le perdonaría semejante afrenta.

–Vámonos–masculló el joven esclavo–. Debemos salir de aquí.

Se dieron la mano mientras huían hacia la entrada principal. Los fuegos del infierno estaban cada vez más cercanos y cargaban el ambiente de azufre como si hubieran transformado la ciudad en un inmenso horno. En el momento en que salían, una nueva sacudida les hizo tropezar. Ciro soltó un aullido de dolor. Se había torcido el tobillo en la escalinata de acceso.

–¿Puedes andar?

Intentó apoyar el pie con su ayuda pero el dolor era lacerante y se derrumbó de nuevo. Imposible.

–Sálvate tú–dijo.

–¿Qué dices? ¡De ninguna manera! ¡No puedo dejarte aquí!

Un feroz rugido retumbó sobre sus cabezas como un prolongado trueno. Elevaron la mirada hacia lo alto del monte Vesubio. Desde allí, una masa candente se deslizaba por la ladera a una velocidad vertiginosa.

–No me voy a apartar de tu lado–dijo–. Aunque no tenga con qué pagar a Caronte.

Le dio un último beso. Luego le envolvió con sus brazos como si quisiera protegerlo. Podía sentir su respiración acelerada, el miedo a un futuro incierto, a la frontera final. Publio cerró los ojos, consciente de que no volvería a abrirlos. Y aguardó a que las plutónicas llamas del Tártaro se cernieran sobre la ciudad. Sobre ellos.

Sobre el vínculo de amor que no quería soltar.

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