Un día llegó una muchacha proveniente de un reino vecino, hija de un señor poderoso. Su nombre era Etaé. Bastó una mirada, una sola, para que ambos se enamoraran perdidamente el uno del otro. Ambos compartían muchas cosas en común: les gustaban los libros de romances, la música y pasear por el jardín de rosas y azaleas. Tiempo después llegaron las nupcias. Mucha gente afirmó que aquella era la pareja más dichosa que se vio en mucho tiempo.
La vida de ambos fue alegre. Pero, allí donde hay felicidad, siempre llega la desgracia. Etaé cayó presa de una terrible enfermedad que nadie conocía. Médicos y galenos llegaron y se fueron, y todos decían lo mismo: no había un remedio para aquel mal y la joven moriría pronto. Danis quedó destrozado. Se negaba a dejar ir a su amada. Se acercó a su lecho y le prometió que encontraría una cura y que no volvería sin ella. Etaé sonrió una última vez. Poco después, Danis tomaba a su caballo más fiel y se lanzaba a los caminos.
A todas las personas a las que se encontraba les hacía la misma pregunta: si conocían algún remedio. Pero muchos le respondían lo mismo: no lo sé. Y Danis continuaba, determinado a cumplir con su promesa, sin detenerse para nada.
Paso el tiempo… La joven Etaé se apagó y falleció, pero Danis nunca lo supo. Continuó durante años… Diez… Veinte… Cincuenta… Y siguió buscando, tan obsesionado con su búsqueda que no fue consciente de que llegó su propio final. Y su angustiado fantasma persistía, acompañado del de su leal corcel.
Algunos viajeros afirman haber visto al fantasma de Danis durante sus travesías. Este se acerca y les hace siempre la misma pregunta. Unos le responden que no lo saben. Otros intentan convencerlo de su propio fallecimiento, para que pueda hallar reposo, pero él no los cree. Los que menos le ofrecen un remedio, por falso que sea, pero, ¿qué se le puede ofrecer a un fantasma?
Y Danis sigue vagando por los caminos, lejos de su descanso. Y lejos de su amada.
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