El
coche traqueteó por el adoquinado perteneciente a una época pretérita. Desde
que cruzaron los límites de la aldea, el pasado parecía volver al presente para
escapar de la extinción. La arquitectura tenía un característico estilo medievo
en el que la tecnología se desvanecía, derrotada por la Historia.
Podría parecer emocionante para un historiador o un aficionado al arte, pero a él solo le producía hastío. Desearía encontrarse en cualquier otro lugar del planeta, pero estaba acompañando a su madre en una pequeña escapada que deseaba hacer. Había leído sobre una procesión de Semana Santa de las más peculiares y desconocidas que existían y quería ir a verla. Era una mujer viuda que tenía demasiado tiempo libre y pocas cosas que hacer. A él no le satisfacía el viaje, pero quería que fuera feliz. Ella no poseía carnet de conducir y dependía por completo de él para cualquier excursión. Algunas eran entretenidas, otras, como esa, no tanto. Por lo menos sería breve.
La aldea no era muy grande y la población, escasa. Cuando llegaron a la plaza del pueblo, la gente esperaba a la puerta de la iglesia a que comenzara el desfile. De estilo románico, pertenecía a un complejo mayor, una abadía cuyos orígenes se remontaban a un pasado remoto. Se fundieron entre la exigua multitud y esperaron como dos oriundos más. Llegaron justo a tiempo. La marcha salía poco después.
Las grandes puertas se abrieron y salió una fila de monjes. El primero llevaba una Biblia de la que leía algunos versículos en voz alta en un latín que solo ellos comprendían. Otro portaba un incensario que balanceaba de un lado a otro, y un tercero una cruz. El resto de ellos, unos cinco o seis en total, iban con la cabeza gacha, repitiendo las letanías con tono lúgubre. Y justo detrás marchaba un carro de madera tirado por un caballo de mirada triste. Sobre el carro esperaba ver alguna talla o figura que representara alguna faceta de la vida de Cristo, pero en vez de ello había cadáveres.
Los monjes habían exhumado a un pequeño grupo de sus difuntos, los habían preparado con ropas nuevas y los habían sentado allí en lo alto, para que todos los vieran. Sus pieles momificadas y en distintos estados de descomposición se pegaban a los huesos, dando a sus rostros unos gestos macabros y horripilantes. Solo se habían molestado en cambiar sus ropas, que lucían nuevas y en claro contraste. Él se estremeció solo de contemplarlos. Hasta su nariz le llegaba el olor de la putrefacción que ni siquiera el incienso podía camuflar.
La procesión recorrió varias de las calles del pueblo a paso lento, seguida de la gente. Algunas ventanas y puertas se abrían a su paso para contemplarlo con fervor, como si la idea de perturbar el descanso de los muertos no fuera tan problemática. El evento no duró más de media hora y terminó de nuevo frente a las puertas de la iglesia. El abad se volvió hacia los feligreses para dedicarles unas palabras.
-Hermanos, hermanas-dijo, con voz solemne-, nos hallamos aquí reunidos para recordar la memoria de Nuestro Señor Jesucristo y de Fray Expósito, quien devolvió la fe a nuestro pueblo.
>>Todos recordamos su milagro, cuando los años de la peste arreciaron nuestra pequeña comunidad y creíamos que Dios nos había abandonado. Pero Fray Expósito, el único superviviente de nuestra orden, mantuvo viva la llama de nuestra fe y nos devolvió la esperanza. Llevó los cuerpos de sus hermanos en un carro alrededor del pueblo para ungir a aquellos que recibieron el perdón de Nuestro Señor y dotarlos de fuerzas renovadas. Desde entonces, nuestra aldea ha aguantado cualquier crisis que viniera a asolarnos, amparada por la gloria de Jesucristo, y así seguirá por muchos siglos.
Su breve homilía fue coronada con un comunal amén. Después, la gente se dispersó y los monjes volvieron al interior del recinto.
Tras un descanso para comer se acercaron de nuevo a la iglesia. Su madre quería visitarla por dentro. Las puertas estaban abiertas para cualquier creyente que quisiera franquearlas. El interior se hallaba invadido por la pesada oscuridad románica que solo algunas lámparas de luz artificial quebraban en algunos puntos. Los muros gruesos y sobrios no presentaban mucho estilo decorativo, con la excepción de algunas toscas tallas en lo alto de las columnas. El abad oyó sus pasos y apareció por un rincón.
-¡Bienvenidos, bienvenidos!-saludó-. Ustedes no son de por aquí, ¿verdad?
-No-respondió su madre-. Solo estamos de paso.
-Me alegra mucho ver turistas. No hay mucha gente que se interese por nuestro humilde pueblo. ¿Puedo ofrecerles una pequeña visita guiada?
Ella aceptó, entusiasmada. El abad les habló sobre la historia de la iglesia, de la abadía y de su orden. Les explicó los detalles arquitectónicos con ojo experto, ilustrando las curiosidades de aquellas obras de arte que hablaban sobre su libro sagrado mediante imágenes y su significado. Una diatriba prolongada que no dejó ningún rincón del templo sin explorar, tras lo cual les preguntó:
-¿Les interesaría ver las catacumbas?
Su madre asintió. Todo lo que fuera descubrir cosas nuevas la entusiasmaba.
El abad les llevó por unas angostas y empinadas escaleras que se escondían detrás del altar. Estas les condujeron a una puerta, y después a un pasillo lleno de nichos en las paredes donde descansaban varios sarcófagos. La escasa luz le daba un toque siniestro
-Aquí es donde descansan todos los miembros que ha tenido nuestra orden desde tiempos inmemoriales-explicó-. Allí, al fondo, hay más. Esta tumba se fue ampliando a medida que…
Una ligera musiquita le interrumpió de repente. Para su sorpresa, el abad se sacó del bolsillo un móvil. No esperaba que tuviera uno, tan anticuado como estaba todo. Era de aquellos de tapa, tan pasados de moda.
-Perdonen un momento, tengo que atender a una llamada. Ahora mismo vuelvo. Por favor, no toquen nada durante mi ausencia.
Su madre asintió. El abad se marchó por la puerta y quedaron allí a solas.
-¿No te parece cautivador?-preguntó ella-. Parece que hayamos vuelto al pasado.
Él se encogió de hombros. Sus gustos radicaban en otros lados.
Los minutos pasaron a la espera de que volviera el abad. El tiempo no existía allí abajo, entre las sombras y el frío de los muertos.
-¿Dónde se ha metido este hombre?-inquirió para sí mismo.
-Tal vez se haya entretenido…-repuso su madre.
-Bueno, pues no me gusta estar aquí dentro. Vámonos.
Se acercó a la puerta de salida y la empujó. No cedió. Intentó tirar hacia sí. Tampoco. Forcejeó con la argolla en ambos sentidos. No logró nada. Estaba cerrada.
-Estamos encerrados-anunció.
-Intenta llamar a alguien.
Sacó su móvil. Su luz, otrora débil, parecía cegadora allí abajo.
-No tengo cobertura.
-¿Cómo es eso posible? Déjame a mí.
Su madre extrajo el suyo. Cualquier intento por llamar o por conectarse a Internet era inútil. Las paredes eran demasiado gruesas.
-¿Y qué hacemos ahora?
-No lo sé. Esperar, supongo…
Entonces oyeron un crujido al final del pasillo. Había alguien allí. Tal vez los que tenían que devolver los cuerpos a sus féretros.
-¿Hola?-preguntó en voz alta.
Las paredes le devolvieron su eco. Nadie respondió.
-Voy a ver quién es-dijo-. Espérame aquí.
Su madre asintió. Se dirigió hacia el origen del ruido. No había ni llegado al final cuando vio que la puerta que lo separaba de una estancia adyacente se abría lentamente.
-Hola. Perdón, hemos venido con el abad. Estamos aquí encerrados y nos preguntábamos si…
La voz murió en su garganta. A la luz de su teléfono vio un monje, pero su rostro no era el de un vivo. Sus prendas estaban raídas y descompuestas y sus manos eran garras huesudas. Se quedó sin aliento al tiempo que retrocedía.
-¿Qué pasa?-oyó que preguntaba su madre.
Era un cadáver. Uno que andaba hacia él. Por puro instinto, le pegó un puñetazo. Su calavera se desintegró como polvo y el cuerpo cayó.
Un grito resonó en sus oídos. Era su madre. Las tapas de los nichos a ambos lados se movían lentamente. Algo las empujaba desde dentro. Corrió de vuelta al comienzo del pasillo. Vio un brazo que sobresalía, que buscaba un lugar para apoyarse en la libertad. Luego otro. Varios cuerpos que se arrastraban al exterior. Y otros más que, con paso renqueante, seguían la estela de aquel que había derribado. Su corazón latía a mil por hora, vibraba dentro de sus oídos con su música enervante. Se arrojó contra la puerta por la que habían entrado. El hombro le dolió horrores a causa del golpe. Volvió a intentarlo. Detrás de él, su madre gritó otra vez. El ruido de algo seco arrastrando sobre el suelo de piedra se multiplicaba, se acercaba hacia ellos. Un nuevo intento. Y la madera no cedía.
De vuelta en su celda, el abad contemplaba un manuscrito muy antiguo, casi tanto como esa iglesia, encerrado en una vitrina. En una de sus páginas amarillentas se podía ver un gran pentagrama.
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