Relato - Una rosa

Es una rosa. En medio del campo. Su cuerpo delgado y espinoso se abre paso entre el polvo helado, su rostro carmesí ofrece una llamativa pincelada de color al paraje blanco y apagado. No debería haber crecido tan solitaria y, sin embargo, allí está. Frágil y serena, digna como una reina que se alza ante la adversidad. Sus hojas se mecen al compás de un suave viento, como si saludara con burla a las fuerzas de la naturaleza que quieren arrancarla y no lo consiguen.

Por un momento cree que sus ojos le engañan, que no es posible que se encuentre allí. Piensa en magia, en milagros, en algún tipo de obra sobrenatural que la ha colocado a la intemperie para que el mundo la admire solo a ella. Sus pétalos tocados por la escarcha palpitan con un vigor que hace palidecer la estampa invernal que la rodea.

Tiene su cámara a mano. La fotografía es su gran pasión. Se toma varios minutos en encontrar el mejor ángulo, aquel que le permita capturar su delicada belleza. No vale cualquiera, ha de hacerle justicia. Mueve el obturador y toma una bonita instantánea. El contraste es sobrecogedor, la fría muerte perdiendo contra el calor carmesí que desborda pasión. No puede apartar la mirada de la pantalla digital, bebiendo de cada detalle, de cada línea, de cada píxel que congela el tiempo en esa imagen. Se da la vuelta con la idea en la cabeza de que tiene que enseñárselo. Seguro que le alegrará. Luego se detiene.

Gira la cabeza y contempla de nuevo la rosa, tan regia en medio de su soledad. Lo concibe como un crimen. Pero, por cautivadora que sea, la imagen no puede atrapar su esencia. No es suficiente. Se acerca una vez más, se arrodilla junto a ella y la toma por la base con sus manos enguantadas. Con mucho cuidado de no pincharse o romperla. Un tirón limpio y la separa de la tierra helada sin provocarle el menor daño. Luego se dirige de vuelta a casa. La protege con sus manos, con el calor de su cuerpo como si hasta el aire pudiera corromperla.

Cuando llega, lo primero que hace es depositarla en un jarrón, blanco como el manto de nieve sobre el que se alzaba. A pesar del cambio de ambiente, su rostro encarnado sigue siendo lo más llamativo de la estancia. Luego la lleva a su habitación y la coloca en una mesita de noche, junto al cabecero, y abre la persiana.

-Mira lo que te he traído, cariño.

Su pareja abre los ojos ligeramente. Tiene la mirada cansada por los sollozos y por el sueño, el único consuelo dentro de la depresión que le ha atrapado.

-¿Qué me has traído?

-Una rosa. La he encontrado en el campo. ¿A que es preciosa?

Esboza una pálida sonrisa. Hacía tanto tiempo que no veía una cosa así…

-Muchas gracias. Es un regalo muy bonito.

Su renovada alegría es contagiosa.

-¿Quieres que te traiga el desayuno?

-Sí, por favor.

Sale del cuarto dejando a su pareja y la flor en la habitación y se dirige a la cocina. Poco después oye un sonido de pasos que se acercan a él y su pecho se hincha de gozo. Hace meses que no ha abandonado la cama.

Tal vez esa rosa sí fuera milagrosa después de todo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario