El rugido del despertador quiebra mi cráneo,
el frágil velo de mis sueños.
Mi corazón explota en mi pecho,
su eco retumba por mi garganta.
No pienso en el frío que acecha fuera,
prefiero no hacerlo.
Que aguarde su turno, ya llegará.
Abandono el lecho, su abrazo,
que mucho tiempo tuve y ya no retuve.
Me levanto de mi lecho mortuorio,
volviendo a la vida sin resucitar todavía.
Antes debo estar presentable
y beber el cálido elixir de la vida.
Poco a poco vuelvo a respirar,
me acuerdo de mi nombre, mi propósito,
la razón por la que me levanto todas las mañanas.
Estoy listo, salgo a la calle, un único deseo en mis labios:
"Por Dios, que llegue ya el viernes".
Poesía inspirada por un frío Lunes de Enero por la mañana en que la combinación de sueño, pereza y falta de calor originaron una serie de preguntas alimentadas por el nihilismo y la duda de si aquellos despertares tan tempranos merecían la pena.
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