Había una dama de buena alcurnia que vivía hinchada en su belleza. Haldea era su nombre e hidalgo su padre, caballero de grandes gestas y fortuna ganada con la espada. Su madre, mujer de largas experiencias, se encargó de educar sus maneras tanto como sus juicios, haciendo de ella una joven hermosa y cabal a partes iguales. Ella siempre le previno, que “no persiguiera hombres, que los vientos ya los traen” y que “no se conformara con la primera manzana del árbol, que más caerían y más jugosas”. Haldea, siempre fiel a sus sabios consejos, dejó escapar en su vida pretendientes varios, hasta el punto de que las malas lenguas la imaginaban decrépita y sin pisar el altar.
En esto llegó la guerra, eterna compañera de los hombres y traidora, y generales de uno y otro bando que venían a pedir consejo al vetusto guerrero, señor de la casa. Interés grande de grandes multitudes, que Haldea espiaba por las ventanas y por los recovecos de su jardín. Dichosa incauta, que atenciones traía cargadas de deseo. ¡Oh, cuántos pobres desdichados, que penaban por su hermosura! ¡Que le prometían sus hazañas por llegar y se volvían con un recuerdo nefasto! Pues el rostro bello de Haldea habría de plagar sus sueños en campiña, cargados del veneno de la indiferencia que ella, fiel a su educación, les dedicaba. Corazones que partían marchitos, apuñalados por saeta más hiriente que cualquiera que les esperara en el campo de batalla.
Así llegó otro ejército, cuarto o quinto sería, tal era la atención que recibía el anciano hidalgo. La fama de Haldea cruzaba las fronteras y recorría los caminos, un susurro de amor inalcanzable que todos querían ganar. Ya se apiñaban los núbiles soldados a los pies de su torreón, junto al muro de su paraíso, en un vano intento por atrapar su llama. La dama Haldea disfrutaba con las atenciones, divertida por su candidez, y salía para entregarles la derrota que tanto ansiaban. Mas allí vio entre los presentes caballero osado, escudero de amplio estamento, que osó cruzar las puertas para rozar su mano. ¡Qué fue acaso, roce tan pecaminoso o mirada tan ladina, que algo se removió en el pecho de la noble Haldea! Allí se encontraba el fruto de su deseo, la manzana que deseaba tener entre sus labios. Terno era su nombre, captor de su amor como mortal alguno consiguiera antes.
El corazón de Haldea tomó la decisión en el preciso instante. Que aquel pidiera su mano, que ella se lo entregaría sin vacilar. Mas había de marchar a destino funesto que tal vez jamás lo devolviera. Entonces concibió que si ella lo acompañaba nada habría de temer. ¡Chica tonta cegada por el amor! Ante los rosales como testigos convinieron su conjura y esa noche, sin demora, Haldea escapó de su torre y su hogar, en pos de un mundo que no conocía. ¡Ah, triste y desdichada madre que halló al alba un lecho vacío! ¡Cómo podría imaginar que su hija, su retoño amado que largo tiempo había cuidado, se ocultara entre los hombres y las afiladas espadas que siempre les acompañan!
Ni el más sabio de entre esos necios descubrió a la dama en el nuevo cadete, cuya compañía satisfacía al vanidoso Terno y calentaba su severo lecho. Haldea aprendió las artes de los varones y sus manos, que antaño solo tocaran el telar, saborearon el sudor y la sangre. Nada temía, pues su amado Terno marchaba a su lado. Su arma, siempre en ristre, la protegía con vigoroso cuerpo y fuertes brazos. El polvo de los caminos tragaron, el barro de varias lides, y nada los separaba. Y Haldea gozó, como mujer y como hombre, sin saber con cuál de ambos se regocijaba más. ¡Dicha grande de quien tiene dónde elegir, que de cualquier plato puede tomar!
Mas Fortuna también es caprichosa, lección que no se aprende sino fuera de los muros. Y su verdadero rostro halló en el lecho que compartía con dama que no se le asemejaba en ningún aspecto. Terno, amador y canalla, la había repudiado después de varias noches y días, y otra mujer elegido sin demora. ¡Oh, lágrimas amargas, no reguéis tierra que no merece vuestros dones! ¡Pues lo que se fue no vuelve tan fácilmente por mucho que claméis al cielo! No hay río que con toda su agua pueda lavar la humillación, mas la Venganza ofrece compensación si se le ofrece justo sacrificio. Y a todos los dioses ordenó que testificaran a su favor, que cobraría esa deuda contra el mendaz amante, aunque debiera vivir calva, ciega y sorda de por vida.
La hora de luchar llegó a término y Haldea, imbuida por la ira, cientos de almas había obtenido bajo su fachada varonil. Tanto había cultivado la guerra mientras otros agostaban el amor que mereció la atención del rey por quien luchaba. La gloria obtuvo igual que hiciera su padre, largo tiempo fallecido sin conocer su destino, permitiendo fundar casa, hogar y linaje cual poderoso barón. Asentado su poder, hizo llamar a Terno, su alevoso amor, de quien la querida distancia convirtió en ceniza su recuerdo. ¡Malvada trampa preparada con despecho, que un anfitrión comparta la sangre en vez de la sal! Cuando borrachos y a solas, Haldea se presentó con su verdadera apariencia, cual demonio que trastoca su forma para engañar a los incautos. Si tan solo el vino no embotara los sentidos hubiera reconocido a Haldea, a la dama que abandonó su origen por seguir sus palabras lascivas. Con luctuosas tretas lo condujo a cómodo lecho, a lugar que no ha de conocer las malas intenciones, para luego despojar al artista de su instrumento. ¡Cuán fuertes fueron sus alaridos, que desvelaron a las estrellas y esfumaron los efluvios del alcohol! ¡Cuán terrible debía ser su mirada de entendimiento, antes de que la misma hoja tinta segara su vida! Hasta los dioses debieron rezar para que la agonía, sádica y atroz, fuera compasiva y ligera con sus garras.
Así termina el cuento de Haldea, la dama guerrera, que por amor terminó bañada en odio.
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